martes, 14 de marzo de 2017

¿POR QUÉ LEER LOS CLÁSICOS?: LOPE DE VEGA Y EL PERRO DEL HORTELANO


"Los clásicos", esa categoría casi carpetovetónica de la literatura que abarca desde La Eneida hasta Bajarse al moro -con la amplitud de temas, estilos y obras que este abanico compone-, esos libros que tanto respeto imponen, que tanto han hecho sudar a alumnos de secundaria durante eónes, que tantas estanterías de filólogos llenan.

Menudo coñazo, ¿no? Pues no. 
Los clásicos son sagrados por algo que los hace así. En esta nueva sección de nuestro blog, iremos analizando algunos de los clásicos de nuestra literatura para ver cómo a pesar de los años que nos separan del momento en el que se escribieron, siguen teniendo perfecta vigencia en nuestros días. Por qué, en definitiva, merecen ser llamados clásicos.

Así que sin más dilación hablemos de Lope.

Félix Lope de Vega y Carpio
 Si alguien en el Madrid del Barroco conocía bien a las mujeres, ese alguien, sin lugar a dudas, era Lope de Vega ¿Tenéis duda de esto? Algo creo que debería conocerlas después de tener tantísimas amantes como tuvo. Vamos, digo yo.
Pero, ¿por qué nos interesa esto?

Básicamente porque la obra de la que vamos a hablar hoy, El perro del hortelano, es una obra sobre una mujer.

La comedia fue publicada en 1618 en una recopilación de obras, la Oncena parte de comedias de Lope de Vega Carpio, bajo el beneplácito y la supervisión del propio Lope, lo que para la época ya era un adelanto considerable. Como todas las comedias de Lope, salvo quizá El castigo sin venganza que por su temática más dramática no acabó de cuajar en la sociedad barroca de la época, El perro del hortelano fue un rotundo éxito. Y aún lo sigue siendo: recordemos que una de las películas más galardonadas en los premios Goya de 1997 fue la adaptación de este clásico a la gran pantalla de la maravillosa mano de Pilar Miró. Una película en verso. Siete premios Goya. Inaudito.
 
También cabe destacar que no fue la primera vez que esta obra de Lope se llevó al celuloide, ya que en 1977, en la antigua URSS, Yan Frid dirigió un The dog in the manger en ruso. Sí, los rusos rodaron a Lope el mismo año que se mandó la Voyager I al espacio, el mismo año que Bowie sacó Heroes. Me lo dicen y no me lo creo.

Pero, ¿por qué? ¿Qué hace que una obra sobre una condesa que se enamora de su criado con el que no se puede casar por ser de distintas clases sociales y que pone patas arriba a todo su condado para conseguirlo siga teniendo vigencia ahora mismo?


Cada época tiene una respuesta para esta pregunta. Nosotros sólo podemos contestarla desde nuestro momento histórico y con nuestra propia óptica.

Aquí llegamos a un punto conflictivo. Nunca se debería de leer con la óptica de nuestro tiempo una obra de hace cuatrocientos años, o eso nos dicen en multitud de ocasiones los grandes de la filología y el análisis literario. Es verdad. Pero sólo a medias. Es cierto que si queremos leer El Quijote tendremos que acercarnos lo máximo posible a la mentalidad de la época. Pero analizar obras desde nuestro punto de vista histórico, tiene sus ventajas; fundamentalmente podemos ver lo avanzado de un pensamiento, lo que Freud llamaba la sensibilidad del artista. Una especie de sexto sentido que es lo que garantiza que la obra después se considerada como un CLÁSICO.

Hace poco se representó en el Teatro de la Comedia de Madrid El perro del hortelano dirigido por Helena Pimenta y algunas de las críticas (como esta o esta) señalaban que estábamos ante una versión más "feminista" de la obra.

¿Podemos hablar de feminismo en la obra? Está claro que históricamente, no creo que Lope estuviera haciendo un alegato a la igualdad de elegir marido en una época en la que el heteropatriarcado era más poderoso (casi) que la Iglesia o el rey. Pero muchas veces pensamos que porque una obra sea anterior a los primeros movimientos feministas del siglo XIX se nos va a mostrar mujeres oprimidas, sumisas y obedientes. No hay una idea más equivocada que esa.
Es curioso, y los que hemos podido estudiarlo aún negamos con la cabeza al pensar en ello, que al comparar obras escritas por mujeres y obras escritas por hombres de la misma época, las mujeres siempre, siempre, muestran mujeres más oprimidas, más débiles, más manipulables que las que los hombres escriben. Hagan la prueba, lean a Tirso y comparen sus mujeres con las de Ana Caro de Mallén.

O lean a Lope, lean El perro del hortelano, lean cómo una condensa que no tiene que rendirle cuentas a ningún hombre porque ella sola se ocupa de su condado, rechaza a dos partidazos por estar con el criado, lean como rompe todo el status quo de una época, lean como la lucha entre lo que debe hacer y lo que quiere hacer acaba decantándose a favor de lo que ella desea, lean como ejerce su poder para su propio beneficio sin importarle las consecuencias que pueda tener esto sobre la vida de otros, lean como acepta construir su nueva vida sobre una mentira a la sociedad porque le beneficia.

Claro y sencillo, amigo Lope

El Príncipe de Maquiavelo no lo podría haber hecho mejor que esta señorita. Sin embargo, sobre Diana de Belflor, protagonista de la obra, siempre se ha leído que era una histérica, una inestable emocional si lo prefieren, por los cambios de humor que sufre en la obra, pero que no son más que el resultado de la lucha entre lo que el heteropatriarcado espera de ella (que su condado pase a manos de su marido cuando por fin elija uno) y lo que ella realmente quiere (dirigir su casa hasta que se enamore de alguien verdaderamente). Y mira, pocos líos monta la muchacha para toda la movida que es eso.

Al final (y no, no pienso poner un spoiler alert porque la obra cumple el año que viene 400 primaveras) consigue casarse con Teodoro ayudada de una mentira más gorda que las de Botero. Teodoro consigue ser conde y medrar en la escala social, sí, pero sabiendo que es mentira, ¿qué nos evita pensar que va a ser Diana, una mujer criada y preparada para dirigir su condado, frente a un muchacho que toda la vida ha sido secretario, la que se ocupe de los dos condados que se unen con su matrimonio? ¡BAM! En tu cara, heteropatriarcado.

Si esto ocurre así o no, ya no lo sabemos, pero no me podrán negar que el material que nos da Lope es bastante feminista (o protofeminista si lo preferien) por sí mismo.

Pues por eso hay que seguir leyendo los clásicos.

Y si quieren leer este, recomendamos encarecidamente la edición de Antonio Carreño para Austral. La edición de Cátedra se apoya en su estudio, no decimos más. 

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